El poso de oro.
Si uno intenta no escribir de lo que sabe, sino de lo que no sabe, podría llenar de libros blancos la biblioteca nacional; y eso, da vértigo y alegría. Vértigo por la limitación, alegría por las infinitas posibilidades de aprender. Pero, nadie nos ha enseñado cómo aprender; porque a aprender no se enseña, se aprende, y aprendemos aunque no queramos, igual que elegimos aunque sea en contra nuestra.
Suele un profesor enseñar lo que ha aprendido, mientras que un alumno solamente puede aprender lo que aprenda por sí mismo. Por eso, recordamos al profesor que enseña a aprender, a –pescar-, y no exclusivamente -lo pescado-, normalmente además -desde hace tiempo-. Más preciso aunque lioso sería decir, que nos enseña cómo aprender a aprender, cómo aprender a “adquirir conocimiento de alguna cosa por medio del estudio o de la experiencia” (dic), cómo aprender a ser profesores de nosotros mismos. Es aquí cuando nos invade la pregunta: ¿qué estudiar?, ¿qué experimentar?, o mejor, ¿cómo hacerlo?.
Nuestro profesor nos diría que el primer paso para aprender es olvidar, des-aprender lo aprendido, no ocultarse detrás de la memoria para no convertir el espacio mental en un frontón prepotente de filias y fobias; el paso inmediato sería aprender a escuchar, esperar que surja algo nuevo con lo que empezar a soñar, como si fuera la primera vez; los siguientes pasos serían: re-aprender a mirar, a oler, a tocar, a pensar… en definitiva, re-aprender a sentir, siguiendo un infinito proceso circular en el que se va depositando lentamente lo que somos, en nosotros mismos. Así lo escribe Valery en Eupalinos o el arquitecto:“permite su cuerpo a los vivientes salir del conocimiento y reingresar en él. Están compuestos de una casa más una abeja”.
Se aprende si se disfruta aprendiendo, si se siente la emoción del conocimiento, y si se arriesga a perderse – abeja - y a encontrarse – casa -, a sobreponerse a la derrota de uno mismo, continuamente. Porque, en lo nuestro, aprender a proyectar es aprender a vivir, a captar en nosotros la belleza que nos rodea, a proyectar proyectando lo de uno en lo que hace, exponiendo la parte de fuera que hay dentro, la vivida, la soñada y la deseada. Hace falta buenas dosis de esfuerzo y paciencia para encontrar lo más universal de nuestra individualidad, y coraje para mostrar la vergüenza de nuestra fragilidad e inseguridad; pero queda el sueño destilado del “poso de oro” que lleva cada uno dentro, aquella intimidad que comunica con lo que hemos sido, somos y seremos todos.